Agresividad Cuarto Creciente

AGRESIVIDAD CUARTO CRECIENTE

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Domingo por la mañana, sentado en el andén de Liceo, línea verde, sólo, esperando el metro, regreso ebrio de una fiesta destroyer y a diez metros dos fulanos inquieren a una de las incombustibles putas de las Ramblas (pronto irán vestidas de castellers con una butifarra como juguete erótico-exótico). Habitualmente me toca el papel de cobarde observador pero esta vez se alinearon algunos astros. De sobras es conocido que las putas africanas de las Ramblas se desenvuelven a las mil maravillas entre el acoso, la violación, el manejo de tu paquete y la sonrisa perenne, sin saber a ciencia cierta si están negociando, sufriendo, enfadadas o todo a la vez .

Llego tarde a la escena así que no veo el crescendo dramático. La prostituta culona y chaparra está muy cabreada. Los tipos responden al siguiente patrón, pijos valencianos encamisados que han venido a Montmeló a insultar a Hamilton. Uno de ellos tiene cara de hijoputa, el otro seguidista. La negra se los aparta gritando sentada en el banco mientras ellos revolotean alrededor, sus comentarios son insufribles e hirientes hasta para “un monstruo sin sentimientos” como yo. Me calientan la sangre pero no quiero joderle el negocio a la puta. Que uno confunde justicia con subsistencia y ya la ha montado. Al rato, el hijoputa se saca la polla y se la pone en la cara a la puta. La puta lo aparta y ellos la maniatan mientras juegan burlonamente. Todo el mundo sabe que soy un especialista en sacar de paseo mi pene etílico. La diferencia era que ese tipo merecía morir y yo merezco una multa administrativa por exhibicionismo. Sea como fuere eso me dio coraje. ¿Puedo llegar a ser violento racionalmente o tengo que estar cabreado?

Ahí todo se precipita porque llega el metro y aprovecho para acercarme a los dos tipos, mientras, ellos cogen a la negra, le digo: Oye deja en paz a esa puta y sin mediar palabra le tiro un puñetazo al tío que la asía por el brazo (con el que fantaseaba desde el inicio de la escena, a todas luces innecesario). Ahí la suelta, la puta corre dentro del vagón blasfemando y yo me meto tras ella retrocediendo marcha atrás cerrándoles el paso. A partir de aquí sólo hay confusión, ellos me empiezan a insultar y a amenazar con pegarme mientras el metro permanece parado con el respetable mirando. Llegan los seguratas del metro al momento y me dicen que me baje, me niego y les digo que yo me largo, que ellos eran los que maltrataban a la puta. Me miran, intuyo que para entonces mis declaraciones de borracho cabreado les convence y mandan arrancar el metro quedándose con los mequetrefes.

La prostituta se reúne con sus compañeras del gremio y obviamente no me da las gracias ni me brinda una sonrisa con lo que me quedo con la duda de si he hecho justicia o el imbécil. Repaso de camino a casa los últimos brotes violentos que he provocado y no logro concluir si debo preocuparme y dejar de leer a Pérez-Reverte.

 

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