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Babel, el izquierdista divagante

(Artículo publicado en la Panfleto Calidoscopio en Septiembre del 2008):

BABEL, EL IZQUIERDISTA DIVAGANTE

Ha bajado mucha agua por el río Ebro desde el estreno de Babel y hacer una crítica ahora tiene el riesgo de ser redundante, mucho se ha escrito en ambos frentes. Ahora bien, sirva como prueba de resistencia, ¿qué poso ha dejado entre nuestros lectores?, cómo se objetiviza el gusto instantáneo al que luego nos aferramos con orgullo vikingo.

 Uno sale de una película y sus acompañantes al segundo le asestan el golpe mortal: ¿te ha gustado? Tratas de salir del trago como puedes. El gusto parece que es algo espontáneo, como el sabor de los espárragos blancos, llevártelos a la boca y detestarlos ocurre casi al mismo tiempo. En la encerrona de la puerta del cine tienes dos opciones: uno, esquivar sin pena ni gloria la crítica real y hablar de la bonita fotografía, de la música, de los travellings, hacer un chiste que sirva de cortinilla y pasar a hablar de mujeres (el chiste es más efectivo si hace referencia a alguna mujer que pasa por la acera de enfrente); y dos, dar una respuesta clara y radical, blandir la cimitarra y esperar a morir en el campo o campear victorioso. Puedes obtener, en el mejor de los casos, una victoria amarga que deberás defender unas semanas mientras duran los coletazos de la película.

 Babel pertenece a ese tipo de películas que obtienen éxito de público y de crítica, incluido reconocimiento en festivales. Globo de Oro, mejor director en Cannes y un buen paquete de nominaciones a los Oscars. Yo salí del cine conocedor de toda esa información y pliego al cielo que eso pueda justificar mi cobardía. La película me pareció de una simpleza y superficialidad extremas aunque disimulé ante el alborozo de mis amigos, de criterio contrastado, y he velado armas hasta esta ocasión.

El maestro Billy Wilder ya nos advertía «Con un buen guión se puede hacer una mala película, pero con un guión malo es imposible hacer una buena película». Cuando ingenias un filme coral corres el riesgo de pasar de puntillas por cada una de las historias que suceden. En Babel nunca llegas a entender a ninguno de los personajes, de inexistentes motivaciones, convertidos en marionetas de sus demiurgos, sin voluntad alguna. Zarandeados por los hilos de su director y guionista atraviesan la película con el único propósito de ejemplificar la tesis; nos daríamos con un canto en los dientes, en todo caso, si la tesis fuera reveladora o lúcida. Los demás aspectos del largometraje son apreciables, pero insuficientes en su conjunto. Iñarritu no llega a ser la Leni Riefenstahl del actual régimen.

 Una tesis universal, claro. –Amores perros plasmaba una realidad mexicana y 21 gramos una realidad norteamericana, la tercera parte de la trilogía Babel, pretendía plasmar una realidad mundial– afirmaba Iñarritu. Es ridículo e infantil pensar que tan sólo por escoger diferentes historias que suceden en el globo terráqueo y unirlas a golpe de casualidad puedas abrir alguna grieta de “verdad universal” en tu película. Iñarritu se toma la molestia de prevenirnos de su fracaso explicando en el título la tesis. Como si la narrativa clásica no pudiera explicar lo universal, como si de lo concreto no se pudiera extraer lo abstracto. Quien mucho abarca, poco aprieta. Un ejemplo reciente: La pesadilla de Darwin, documental focalizado en el Lago Victoria, en el centro de África. A través de varias historias representativas nos retrata con claridad meridiana lo que sucede en el mundo globalizado. Lo mismo que sucede cuando golpeas con un cincel y un martillo una piedra repetidamente en el centro, que se hace mil pedazos. Iñarritu alcanza a dar muchos golpes dispersos. Sin fuerza alguna.

 Hay pocas películas corales que hayan alcanzado la excelencia: Magnolia, Vidas Cruzadas o Noche en la Tierra, la dificultad que entrañan es un doble salto mortal con   tirabuzón, estructural y temático

 El nexo de unión de las historias de Babel recuerda a una de las máximas del cine postmoderno: la teoría del caos, que tan elocuentemente explicaba Jeff Goblum en Jurassic Park con la mariposita y el tsunami. Muchas películas en la actualidad se rigen por esa máxima y eximen al protagonista, y al guionista, de cualquier responsabilidad, escamotean la verosimilitud de la trama. El espectador sólo debe rezar esperando que llegue el final y el resabido guionista nos sorprenda atando todos los cabos que él mismo escondió. Se convierte la película en un juego de rompecabezas, único motivo de suspense ya que la dramaturgia no funciona.

 Adentrémonos un poco en la tesis de la película. Se desarrollan cuatro historias en la película, bajo estas premisas

 Pareja americana-occidental-hastiados de sus vidas se van de viaje por Marruecos para arreglar sus problemas matrimoniales. Dos hermanos moritos buenos que viven en el Magreb reciben un regalo: una escopeta. Una criada mejicana instalada de manera ilegal en EEUU cuida de dos niños americano-occidentales-aburridos mientras están de viaje los padres. Una japonesa adolescente sordomuda tiene problemas para ligar.

 A través de estas historias se despliegan todos los tópicos y clichés más triviales repetidos y archiconocidos de nuestro tiempo. Emparentados con la progresía débil y con la izquierda indefinida más anodina y desorientada

 1. Los americanos tienen miedo.

2. Los moritos , seres del tercer mundo, son buenos pero salvajes.

3. Los niños americanos se aburren en sus mansiones. La criada ilegal es sumisa.

4. Los japoneses están muy apretados, pero en realidad sufren la soledad.

 La película se desarrolla bajo estos parámetros que son envueltos por otro gran mito. El ser humano es bueno, pero las instituciones son malas, lo pervierten. La policía es mala. Ese planteamiento rousseniano, ingenuo, baña todo el metraje y la convierte en un juego moral maniqueo. El desenlace de la película, por supuesto, cumple todos los parámetros de la superproducción de Hollywood, los moritos pueden y deben morir, los americanos son salvados en el último minuto, al modo Griffith.

 El director, y el guionista, cree que los problemas universales son debidos a la falta de entendimiento entre culturas. Así aparta cualquier punto de vista minimamente materialista, cualquier atisbo de buscar intereses, de ver la realidad de una manera más compleja, de asumir siquiera las diferencias económicas o apuntar la dialéctica entre estados. Recuerda Iñarritu a esa izquierda que no se apoya en planteamientos políticos reales y que ejercita un discurso bastante errático alrededor de la ética. Lo que Gustavo Bueno denomina en su imprescindible libro El mito de la Izquierda, Izquierda Indefinida, pues no tiene posición alguna frente al Estado.

El director, Iñarritu y el guionista Arriaga formaban una de las más sólidas parejas artísticas del cine contemporáneo y su trayectoria venía refrendada por Amores Perros y 21 gramos, de discutible calidad pero superiores a Babel. Famosa ha sido su separación tras el rodaje la película y todas las miradas están puestas en ambos, para dilucidar donde estaba el talento, o mejor dicho, donde estaba la farsa, si venía impuesta desde el guión o se encargaba el director de destrozarlo. Arriaga ha salvado el reto con el magnífico guión de Los tres entierros de Melquíades Estrada. Esperemos a Iñarritu. Para su próxima película ha elegido el barrio del Raval, en el corazón de Barcelona. De buen seguro que en la película habrá pakistaníes buenos que venden kebabs, polis malos que los persiguen, guiris anodinos que se emborrachan, estudiantes okupas preocupados y abuelos cebolletas.

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